Entonces, lentamente, el pequeño se giró. Sus ojos eran más viejos que su cuerpo. En ellos no había sorpresa ni esperanza. Sólo agotación.
La nieve seguía cayendo con un silencio espeso, como si la ciudad entera hubiera contenido la respiración. Frente a la plaza congelada, una lujosa Mercedes de vidrios oscuros brillaba bajo los faroles, como una sombra…


